jueves, 17 de septiembre de 2009

Está prohibido prohibir



Fumar es malo, pero es buenísimo. Pocas felicidades existen como tras un espléndido desayuno, un cortao y un mollete de aceite, echar un cigarrillo. Sé que uno lo puede hacer en mitad de la calle, pero no es lo mismo que realizar la expulsión del humo en un local cerrado y que el embriagador aroma, que algunos y algunas llaman peste, impregne todo el habitáculo.

Fumar y amar son dos delicias sumamente peligrosas. Del amor, tan sólo pueden hablar los que aman y del fumar, los que los practican. Fumar tras hacer el amor -sudoroso, ajetreado y en silencio- es sumamente relajante y vuelven a vivirse las imágenes de lo vivido. Hacer el amor a palo seco sin la ceremonia de encenderse por dentro y fuera es propio de seres melifluos. Los hay que rocían de colonia su cuerpo para evitar el sudor que chorrea por el cuerpo; estamos ante una blasfemia litúrgica.

Ha sonado un trueno, se ha apagado el ordenador y se ha llevado por delante lo escrito. No me enfado. Ni tan siquiera me preocupo. Lo enciendo de nuevo al tiempo que también lo hago con el malboro de turno y a la espera de ver nuevamente las letras en la pantalla, exhalo el humo del pitillo y una cálida humareda invade el libro borrador “Dónde el viento silba nácar”.

Hace tres años la ministra Elena Salgado, hoy vicepresidenta segunda del gobierno Zapatero prohibió el fumeteo en algunos lugares públicos. Desde entonces se ha hecho clásica esa imagen de los fumadores compulsivos a las puertas de comercios, fábricas y bares, entre otros locales.

El tabaco es compañero inseparable de los que gustan comer y beber. Por ello hizo algunas excepciones, a saber, en bares de pequeñas dimensiones, lo que son las cosas, permitieron que la humareda formara parte del sabor de la ensaladilla rusa, y en bares y restaurantes con mayor número de metros cuadrados había que “habilitar” lugares para los fumadores. En este caso, habilitar es que el dueño se gastase unos miles de euros para que los nuevos desheredados de este mundo, los fumadores, pudiesen comer, beber y disfrutar de unas sabrosas caladas.

Ahora nos llega Trinidad Jiménez, ministra de Salud y que su única competencia es la de prohibir, y dice que de lo dicho nada, o sea, que aquí no fuma ni dios.

¿Quién le va a devolver el dinero a los obedientes empresarios que habilitaron espacios para fumadores?, pues los desheredados que seguirán fumando a las puertas de los restaurantes, en las terrazas de los hoteles, en los bancos del Parque, en el umbral de entrada a los Grandes Almacenes, en los estadios de fútbol y sentados en el borde de la cama de la amada o del amado, ellos, los maldecidos por los fumadores pasivos, pagarán las habilitaciones y más detalles con la subida de impuestos con la que se verán gravadas las cajetillas de tabaco.

Si yo fuese usted, señora Trini, le echaba un par de bemoles prestados y prohibía la siembra y venta de tabaco, y se acabó el rollo de los fumadores pasivos y el chollo para el Estado.

2 comentarios:

  1. Se puede decir mas alto,pero no mas claro....acabarán prohibiéndonos que respiremos !!!!

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  2. O sea, que parecer ser que ambos fumamos

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