miércoles, 9 de septiembre de 2009

DE FEBRERO VEINTITRÉS



De febrero veintitrés,
tarde de negros penachos.
Civiles con metralletas
y rostros de verde pálido
quisieron cortar de raíz
con tres o cuatro disparos
al propio pueblo español
presente en los diputados.
Silencios y votaciones
al momento se cortaron,
renacieron los susurros
de los muertos entre hermanos
de las guerras fratricidas
de los buenos y los malos.
Yo me asomé al ventanal
de mi niñez y sus pasos,
sobremesas con mis padres
siempre sus cuentos de antaño
de la sangre salpicada
de perversos y macabros,
si con risas los azules,
si los rojos arrollaron,
hombres, mujeres y niños
caminando por los páramos.
Penachos negros, tricornios,
tembló el recinto sagrado
con gritos de viva España
y el sonar de los balazos.
La España viva murió,
renacieron los parásitos,
votos de los españoles
por el suelo como fardos
cuando destellos de luces
seguidos de los impactos
la bóveda milenaria
sintió la luz del desgarro.
Y que yo me arrojé al suelo
buscando la vida abajo
entre trozos de moquetas
sin respirar respirando
mis propios respiros rotos.
Mis ojos tristes de llanto
trozos de techo caían
cuando me cubrió el escaño.

De febrero veintitrés,
tarde de negros penachos,
de tanguistas y marinos,
de conjuras en palacios,
del sacar de nuevos sables,
de alertas en sindicatos,
de recuerdos de mi niña,
del gozo de los tiranos,
de callares, de silencios,
del silencio de prelados.
Invierno de primavera,
el sol derramaba rayos,
se gritaba libertad
cuando la calle cruzamos.

De febrero veintitrés,
tarde de negros penachos.





No hay comentarios:

Publicar un comentario