lunes, 14 de septiembre de 2009

CARTA, SOBRE Y SELLO



Desde que se acabó el uso de la pluma, tintero, secante y sobre, la comunicación dejó de ser un arte. Aquello de la epístola, la carta, requería de toda una liturgia que iba desde la motivación de la misma hasta doblar con sumo cuidado la cuartilla escrita para introducirla en el sobre.

Hace años que no recibo ninguna carta, sí numerosos mensajes, email y magníficas composiciones de videos merecedoras de ser guardadas en una carpeta especial del escritorio de Microsofot Word, pero la carta con sobre y sello, la carta como complicidad de un amor furtivo o de una amistad decadente o de una venganza olvidada no ha aparecido en el trágico buzón de correos.

Los buzones son hoy pasto de la publicidad de los grandes almacenes, de papeluchos de campañas de electorales, de extractos de cuentas corrientes y de poco más, a saber, información telefónica de cerrajeros y fontaneros, algo que siempre hay que agradecer.

Estoy esperando una carta que no llega, que no llegará. Y dos veces al día abro el buzón. Nada. Imposible. Y así pasan días, semanas, meses, estaciones y años. Soy un hombre paciente y no me conformo con la algarada de una sociedad de izquierdas y derechas, de ateos y obispos, de ricos y pobres. Nadie conseguirá que deje de ser humano.

Sé que nadie puede entender este copo, porque es el producto de la intersección entre ternura y pasión. Principio y final del tronar de cantos poéticos. Es el intento de que el tiempo, el Word y los mensajes, no destruyan el placer de sentir lo que fue y sigue siendo.

Está escrito en clave. Tiene destinatario. Si no es usted, por favor, páselo. Es un mensaje.




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