domingo, 30 de agosto de 2009

RICOS, POBRES Y EUCARISTÍA


Entiendo por ricos a todos aquellos a los que la existencia, el día a día, los (nos) trata mimosamente. Tienen el estipendio asegurado, la comida a la distancia mínima que abarca un desplazamiento de mano hacia la nevera, el “cole” de los chavales es un derecho del que gozan, pueden desplazarse hacia la segunda vivienda para pasar unos días y, a buen seguro, guardan sus ahorros para trincarlos en caso de necesidad.

El resto son los pobres. Los pobres son más, muchísimo más que los ricos. Miran con fijeza, pero no cambian su expresión al ver lo que les rodea. Son, por regla general, aunque también los hay blancos, de tez más morena, tirando a negra (no incluyo a Obama); como tienen hambre, no saben lo que es el apetito, ah el apetito, esa delicadeza de ricos que puede ser subsanada instantáneamente con una fría cerveza y un par de tapas.

Son más, decía, pero no lo saben, si lo supieran, esa anónima sociedad del hemisferio norte sería arrasada por la santa ira de los desheredados.

Hacía años que no asistía a una llamada eucaristía, rito y celebración de la transformación del pan y el vino en el gran judío nacido en Belén, y esperanza proclamada de su triunfal vuelta.

Todos los que asistíamos éramos ricos y todos recitábamos el credo de la Iglesia; el credo del nacido en Belén es bien diferente, ya saben, esa preferencia suya por los que suspiran por un muslo de pollo y anhelan pasar del hambre al apetito.

Son demasiados años esperando la llegada de la Justicia, Amor, y Solidaridad; demasiados años contemplando como la distancia del acordeón entre pobres y ricos se alarga; demasiados años acostumbrándonos a que esto no tiene solución; demasiados años de cinismo compartido.

Hoy deseo que el mal del sentimiento de culpabilidad me duela más que una caries cualquiera.

También a usted.

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