miércoles, 5 de agosto de 2009

Nada es fácil


No crean que coger las maletas e introducir en ellas calzoncillos, bragas, pantalones cortos y largos, faldas, sujetadores, calcetines de hilo, nikis, camisas, vestidos, bañadores y todos los problemas que tiene uno, incluido don Miguel Briones, Delegado Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, y recorrer cuatrocientos kilómetros hasta llegar al lugar “donde el viento silba nácar” y las bailas navegan las inmediaciones del río Piedra en la desembocadura de El Rompido, es tarea fácil para un provecto como el menda.

Nada fácil, como tampoco lo es el dar solución al teorema que ha venido a desplazar al de Pitágoras, me refiero al de Zapatero para que la financiación autonómica le cuadre y todos contentos a recoger la pasta y meditar la forma de parecer justos cuando no lo son. Lo justo, que a veces es ilegal, es dar más al que menos tiene y blindar las insaciables apetencias de los que nunca se hartan.

Nada fácil, porque el reparto no es cuestión de territorios, menos de votos, sino de ciudadanos libres y que desean un trato de igualdad, aunque algunos, los más necesitados, los de Sedella, Salares, Arriate, Cartajima, etc., deberían ser gratificados con el doble o triple de lo que perciben los que tienen más tuétano.

Nada fácil escoger un libro, amigo o enemigo, y menos aún después del ilustrado artículo de Alfredo Taján sobre el libro, los libros, todos menos los de Ancha del Carmen. La verdad es que yo no tengo problemas a la hora de echar uno de ellos a la maleta, siempre toca y nunca falla el divino “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa, leído, releído y nunca del todo digerido y vivido.

Lo de la música lo tengo más fácil que nadie. De momento soy, tras su adhesión a la Plataforma “Pro-Ancha del Carmen”, fans de “El Cabrero”, también vienen conmigo el paisano de Taján, don Carlos Gardel, El Cigala, Los Panchos y toda una serie de cantautores de la Libertad.

No es tarea fácil desprenderme de mis cosas, ya saben, el sillón, el sofá con olor a mí, el ordenador fijo, el aire acondicionado y mis bajadas a Gran Vía, calle Don Cristián, íntimo bar de amigos y enemigos de don Florentino.

Pero las nietas y su sabor, la hija y su amor, y algún bogavante de regular tamaño, valen la pena, aunque, ya les digo, nada es fácil.

Y menos con Pessoa.

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