jueves, 6 de agosto de 2009

La virgen de los pescadores

“¿Dónde está Dios, aunque no exista?”
Fernando Pessoa

Los pescadores tienen en propiedad, sin escritura que valga, a la Virgen del Carmen, la del escapulario. Tal vez no posean a Dios, aunque éste si los posea, pero la Reina de los Mares es de gente de almadrabas, tramallos, copos y redes que son oreadas por vientos de barlovento y sotavento.

Hoy es la fiesta de los amigos de Jesús de Nazaret, los pescadores, Pedro, Santiago, etc. Tiene que haber una explicación, pero por Dios que no sea teológica, por la que el Hombre que dicen “pasó haciendo el bien” eligió a gentes de la mar para convertirlos en pescadores de hombres.

Me viene de sangre mi estirpe pescadora, también pecadora. Desciendo de ellos, de “El Nene” y “El Lajarín”; de las playas de negras chinas de Carboneras; de La Higuerita, hoy Isla Cristina; del Barrio del Industrial; de la abuela María y de la señora Antonia la de “La Casa Verde” del Barrio Obrero de Melilla.

Sé lo que es un rancho pescador: un pequeño conjunto de pescados formado por lo más selecto de la mar, que si un rape y un mero, nueve gambas y dos bailas; sé lo que son las “partes”: los pocos dineros que repartía la tripulación ante la valoración que el armador del barco hacía de la pesca diaria; sé lo que es un bonito salado y me hinco de admiración ante un arroz cocinado en alta mar; soy cobarde ante la mar porque así me lo enseñaron los que más saben de eso.

Y sabiendo tantas cosas, sigo sin saber por qué la Virgen del Carmen es propiedad y fiesta de los pescadores que esta noche, a levante y poniente del lugar de la costa donde sueño historias marineras, pasearán y mecerán a la del Carmen de mil y una formas diferentes, pero todas ellas bajo el común denominador del aroma de la sal.

Esta fe, la que tienen los fornidos pescadores en su Virgen, es del pueblo que no sabe vivir sin la mar. Y si existe Dios, que por qué no va a existir si el Demonio anda más vivo que nunca, está en medio de esa matraca de personas que saben secar un pulpo y asarlo en condiciones hasta conseguir su transfiguración en el más bendito y exquisito de los manjares, y el más caro.

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