sábado, 29 de agosto de 2009



El chasquido del asombro ha dado paso a una serie de goznes que cierra el paso luminoso del vértigo de ser. Tan sólo en mi sombra, grotescamente alargada, intuyo la silueta del que fui.

Se ha esfumado mi capital de visiones. Ahora, todas las gaviotas son blancas; las dunas, montículos de arena acumulada; el ocaso, un anochecer; la orilla, un paseo rutinario; y Dios empieza a ser el otro.

Tengo la certeza de saber lo que pisan mis pies, lo que palpan mis manos, lo que abarca mi vista. Y también sé que el pálpito de mi corazón es el idéntico tic-tac de todos los seres que deambulan sumisos a su destino.

¿Y qué importan la justicia o injusticia, la virtud o el pecado, el cielo o el infierno si el viento se ha convertido en pastosa calma?

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