domingo 12 de febrero de 2012

Tras los visillos


Los amigos y amigas me comentan que poseo cierta facilidad para narrar, y me animan a que “le meta mano” a una novela. También dicen que debido a las distintas circunstancias por la que mi existencia ha pasado, tengo material para llevar a cabo esa ingente tarea de mezclar realidad con ficción y fabricar un buen entrecosido de experiencias que pueden agradar al lector.

No creo que lleve a efecto tal tarea, tal vez por comodidad, por incapaz o por cierto miedo a que el lector sepa descubrir la ficción de la realidad y me vean como soy, que no es como ellos y ellas creen.

Desde luego que de hacerlo daría rienda suelta a mis recuerdos y por un instante me detendría en mi madre: “la señora Antonia”. Así era conocida por las vecinas de las callecitas del Barrio Obrero de Melilla. Ella dedicó su vida, en exclusiva, a ser madre, cuestión nada baladí.

Su primer andar, cuando yo pequeño, fue seguro y ágil; después, vacilante; últimamente caminaba agarrada a sillas. Un día vino a casa una enorme y horrible silla de ruedas. Colocaron a mi madre sobre ella. Tenía una sola pierna, pues manos “que lo arreglan casi todo” cortaron, con afilada sierra una de sus pierna. Otro maldito día, murió. Jamás la vi tan bella y serena.

Siempre dependí de la señora Antonia, de sus dulces canciones, de sus nanas marineras, de su vigilante mirar tras la ventana.

Al salir yo a la calle, volvía la cabeza en busca de su mirada; casi siempre caía el visillo de la ventana. La señora Antonia, como grumete marinero, seguía los vuelos, hasta el doblar de la esquina, de sus pequeñas golondrinas. Aún hoy percibo su mirada.

Cuando en la actualidad salgo a la calle y miro a mi casa, nadie existe tras los visillos. A lo más, una sombra de su recuerdo.

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sábado 11 de febrero de 2012

Mercadillo


Camino del mercadillo
ni volviste la cabeza.
En tu camino alocado
yo olfateé tu melena.
Con bolsa de luna verde
erguida ibas, casi tiesa.
Sardinas, jureles, meros,
lisas, besugos y brecas,
blancos lenguados, coquinas,
casi medio kilo pesan
las gambas que tú compraste.
Manzanas, naranjas, peras,
uvas y melocotones,
escogiste las ciruelas
y caminando seguiste
camino de la vereda
donde crecen amapolas
como placitas en fiesta.
Suspiraban los gladiolos
con los besos de tus piernas.

(Del poemario “Donde el viento silba nácar” de José García Pérez)

viernes 10 de febrero de 2012

Dura lex, sed lex


Garzón no deja a casi nadie impasible, digo casi a nadie porque a mí no me quita el sueño. A su alrededor se crean torbellinos de amigos y enemigos, pero además esos torbellinos tienen la virtud de conseguir convertir a amigos en enemigos, y viceversa. ¿O es que nadie recuerda que Don Baltasar fue de nº 2 por Madrid, tras Felipe Gonnzález, en las Elecciones Generales de 1993, y fue elegido Secretario de Estado del gobierno socialista? ¿O se ha olvidado el personal que en 1994 abandonó el Ejecutivo por no haber sido nombrado ministro? Y que a partir de ese momento le puso una “X” al mismísimo Felipe como principal encubridor de los GAL, y que llegó a sentarlo en el banquillo como testigo en el caso de los llamados “crímenes de Estado”, ¿pero es que nadie recuerda aquello?

En el llamado caso Gürtel, presuntamente un caso de financiación irregular de un partido político -borraremos lo de presuntamente cuando la Justicia diga su última palabra, si es que la dice-, el juez Garzón ha cometido un delito demostrado de prevaricación (prevaricar es hacer algo a sabiendas que no lo puede hacer) al permitir que fuesen grabadas conversaciones privadas entre acusados y sus abogados defensores; y punto, y por ello ha sido condenado a once años de inhabilitación profesional y a abonar una cantidad de euros al principal encausado del Gürtel, señor, es un decir, Correa.

Se da pues la paradoja que el juez que investiga al presunto chorizo es condenado a la inhabilitación y a pagarle algo de calderilla al hombre que, junto al “Bigotes” acudieron como invitados a la boda de la hija de José María Aznar, que se celebró en la humildad del Monasterio de El Escorial.

Pues bien, puede gustar o no, hasta producir vómitos semejante condena, pero Baltasar Garzón sabía, porque lo sabía, que no podía permitir la grabación entre acusado y defensor, porque quien eso permite sí podría ser tildado de fascista, nazi, stalinista o franquista.

“Dura lex, sed lex”; hecha la traducción significa: “Dura ley, pero ley”

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jueves 9 de febrero de 2012

Catorce puntos


Los “catorce puntos”, título de este artículo, no forman en su conjunto un programa político, sino los puntos que el cirujano incrustó, en el día de ayer, en mi costado izquierdo y que creo merece la pena narrar su historia por las señales de cariño que he recibido desde ayer a hoy, incluido ahorita mismo.

Pues verán ustedes, un servidor se presentó limpio como una patena a la Clínica llamada “El Pilar” a la hora acordada, y tras presentar mis credenciales subí a la primera planta donde una enfermera, vestida de verde, me entregó una bata que nada cubre, unas pantuflas verdes y una especie de gorrillo del mismo color, al tiempo que me decía el gorrillo es para cubrir el pelo. Le quise indicar que no tenía pelo alguno, pero no me dio tiempo por sus prisas en largarse, por lo que no sabiendo que hacer con mi ridícula coleta, no confundir con colita, me desposeí de la gomilla, recogí el reguerito de cabellos, y tras hacerme un nudo con ellos, me encasqueté el agujereado trapo.

Venga conmigo, me ordenó otra de verde. Ni lo pensé ni lo discutí, y fue por ello que terminé en un quirófano y todo; eché el esqueleto en una dura camilla y apareció el simpático cirujano. “Esto le va a doler”, me comentó; encomendé mi espíritu a la Virgen del Carmen y me dije que sea lo que Dios quiera. Lo que me dolió fue el pinchazo y la rociada de anestesia local; el buen doctor comenzó a hurgar en parte de mis entrañillas, pero no me enteraba de nada, tan sólo pasada una media hora si comencé a sentir el tirón de los puntos anudando la herida.

Le comenté al cirujano si podría ver el Barça-Valencia en “El Gran Vía”, sin problema, me dijo. Yo quería más, por lo que volví a mi pequeña guerra “¿y tomarme un tinto con jamón?”, siempre que sean buenos no hay problemas, insinuó el santo cirujano; “¿y un güisqui?”, lo mismo de antes, tiene que ser bueno; “¿un carduch?, por ejemplo”, perfecto, confirmó el santísimo doctor.

Así que con una caja de nolotil incorporada al bolsillo, por si las moscas, di cuenta de un Balba Gran Reserva Ribera del Duero, caña de lomo que me recomendó Antonio y, para no pasarme de rosca, dos bellísimos y buenísimos Carduch. Sentí una leve molestia, y bajó en forma de ángel un mensaje al móvil; era de Magda Robles. Y soñé, y en el sueño fuisteis apareciendo todas y todos, Ana Pastor, Clara, Paco, Gioconda, María St…

Me sentí querido, y cuando llegué a casa comencé a acariciar el ordenador y a todos y todas os abracé y besé. Gracias.

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miércoles 8 de febrero de 2012

Una miaja de mieditis


Ayer nos enteramos que una buena amiga, Maribel Fernández, compañera de póquer y de Valentín, se encontraba ingresada en el Hospital Clínico; fue Ani Lluch, esposa de Manolo Montes y peligrosísima a la hora de satearnos el parné con cualquier espécimen de trío, la encargada de darnos la noticia. Como da la casualidad de que el Clínico se encuentra muy cercano a la casa donde vive Ani, pensó la reina del trío en rescatar a Valentín una rato del Clínico para saborear una suculento rabo de toro que lo prepara mejor, ya es decir, que cualquier trío asesino. Nos invitó al manjar a mi compañera Rosa y al que escribe estas líneas sin pudor alguno.

A la llegada al lugar donde nos íbamos a sacrificar, nos recibió un cachorro “shar pei”, de no más de dos meses, juguetón y mordedor que me dejé señalada su dentadura en manos y barbilla. De ahí pasamos a dar cuenta del rabo en cuestión, que Manuel regó con un Muga del 2007 y, entre bromas y preocupaciones, nos zampamos esa parte última del toro en un santiamén.

Para la noche, en el restaurante La Dehesa, en compañía de dos escritores, cuyos nombres eludo escribir, teníamos preparada una conspiración literaria a la que le metimos manos entre anchoas del Cantábrico, carrillada en su punto y unos platos de jamón y queso que con dos botellas de Viña Herminia, consiguieron que trazáramos un plan perfecto para los fines que pretendemos conseguir.

De manera que sería cerca de la una de la madrugada que llegué a casa, donde antes de ir camino del catre encendí el ordenador para ver qué pasaba en el mundo y, a través de Facebook, lo que se cocía entre mis nuevas amigas y amigos.

Ya hoy, repuesto de ayer, comienzo a prepararme porque a las 17: 40 horas tengo una cita con un cirujano plástico que va a extirparme, mediante bisturí incorporado, una mancha con mala espina situada en mi querido abdomen, depósito de rabos, anchoas, carrillada y otras chucherías.

Lo que se dice miedo, la verdad es que no tengo; pero me preocupa que me prohíban ver el Barça-Valencia en el Gran Vía mientras me bebo un dulce pampero; todo esto viene a cuento, porque algunos y algunas nos vamos convirtiendo en una gran familia que intercambiamos pequeñas historias y algún que otro secretillo.

Y es que escribir es narrar; nunca pontificar.

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martes 7 de febrero de 2012

Paradoja


Anoche viajé al santuario de los muertos. Estuve allí, pero no estaba porque yo estoy vivo a la vida. Murió un conocido. Acabó con su existencia. Voló su cuerpo al asfalto y su vida (?) fue partida en dos. Otros dicen que fue un suicidio.
Estaban otros conocidos en el “camposanto”. Hablaban de todo: presupuestos, crisis económica, ascensores, comunidades de vecinos y otras veces, las menos, del desconocido yacente. De tarde en tarde, intentaban dar razones a la “sinrazón” de acabar con un latido de vida.
Estaba ausente.
Observaba a los vivos-muertos. A la “vida” que habla de presupuestos, crisis económica, ascensores, comunidades de vecinos y otras veces, las menos, del conocido a quien todos desconocían.
Nadie hablaba de amor. Era momento de cadáveres, pero yo seguía viviendo en amor.

lunes 6 de febrero de 2012

Una noche entrañable: Forrest Gump


A cierta edad y con un frío que se las pela, una buena noche se puede pasar en casa, y más si ésta posee un cierto tufillo a hogar; el aire acondicionado ayuda a mantener un clima aceptable, sin tener por ello que dejar la bufanda, no enroscada al cuello, pero sí dejándola caer a su aire. El sibaritismo de un buen sillón y la búsqueda de una buena película son, para un servidor de ustedes, elementos indispensables para que el tiempo se convierta en entrañable y se olvide uno de políticas, crisis, guerras y contubernios literarios. Si a todo ello le unes un rico y dulzón ron pampero, el cóctel resultante puede ser paradisíaco.

Busqué en los mil canales tedetianos y en los clásicos una película que no hubiese visto y oído, y es que mi problema no es ver, sino escuchar como Dios manda, aunque nadie le haga caso puñetero caso. Y es que de los oídos ando muy regulín; por ello he comprado unos cascos formidables con los que no pierdo puntada de lo que se dice.

Pues bien, me tienen que imaginar retrancado en el sillón, el ron a una distancia corta, la bufanda dislocada y un silencio impresionante, tan impresionante era que hasta mi pequeña canaria Cleopatra no se atrevía a decir ni pío.

En fin, la película seleccionada fue “Forrest Gump” interpretada por Tom Hanks y Robin Wrigth, aunque el peso del film lo lleva el primero en una magnífica interpretación que le valió una de esas estatuillas tan codiciadas por actores y actrices.

Lógicamente no les voy a narrar las más de dos horas que duró el milagro y que seguramente muchos de ustedes habrán visto; tan sólo una corta conversación entre Forrest (Hanks) y Jenny (Wright) cuando niños los dos, aunque él, dicen los jodidos expertos, mentalmente era menor por tener un coeficiente intelectual inferior al normal.

La pequeña Jenny pregunta a Forrest: “Tú que vas a ser cuando seas mayor”, a lo que sorprendido, el pequeño Forrest contesta con una pregunta: “¿Es que tengo que dejar de ser yo?”

Ahí tenía que haber apagado la tele, pero seguí viendo y escuchando maravillas durante un rato largo; camino de la cama y hasta que mis ojos se cerraron, me preguntaba si durante mi vida habré sido yo o una simple fotocopia de otros.

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